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XIV. El señor Wegg prepara una piedra de afilar para las narices del señor Boffin

El señor Wegg prepara una piedra de afilar para las narices del señor Boffin

Habiendo asistido a algunas exposiciones más sobre la vida de los avaros, el señor Venus se volvió casi indispensable para las veladas en el Bower. El hecho de tener otro oyente para las maravillas reveladas por Wegg, o, por decirlo así, otro calculista para sumar las guineas halladas en teteras, chimeneas, pajares y pesebreras, y otros bancos de depósito similares, parecía acrecentar enormemente el disfrute del señor Boffin; mientras que Silas Wegg, por su parte, aunque de un temperamento celoso que en circunstancias ordinarias podría haber resentido que el anatomista se ganara su favor, estaba tan deseoso de no quitarle el ojo a ese caballero —no fuera a ser que, al dejarlo demasiado a solas, sintiera la tentación de hacer alguna jugarreta con el precioso documento bajo su custodia— que jamás perdía la oportunidad de recomendarlo a la atención del señor Boffin como una tercera parte cuya compañía era de lo más deseable.

Otra amistosa demostración hacia él dispensaba ahora el señor Wegg con regularidad. Una vez terminada cada sesión, y habiendo partido el mecenas, el señor Wegg invariablemente acompañaba a casa al señor Venus. Bien es verdad que, con la misma invariable insistencia, pedía que se le regalara la vista con el documento del cual era copropietario; pero nunca

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