eslabones de hierro y en el rechinar de los cerrojos y aldabas bajo la mano de la señorita Abbey. Al ponerse bajo el cielo amenazante, una sensación de verse envuelta en la turbia sombra de un asesinato cayó sobre ella; y, así como la crecida marea del río rompía a sus pies sin que ella viera cómo se acumulaba, también sus pensamientos la sobresaltaron al brotar de un vacío invisible y golpearle el corazón.
De que su padre fuera sospechoso sin fundamento, estaba segura. Segura. Segura.
Y sin embargo, por mucho que repitiera la palabra en su interior, el intento de razonar y demostrar que estaba segura venía siempre después y fracasaba.
Riderhood había cometido el crimen y tendido una trampa a su padre. Riderhood no había cometido el crimen, pero se había empeñado en utilizar con malicia contra su padre las apariencias que tenía a mano para distorsionarlas.
Tanto a una como a otra hipótesis le seguía rápidamente la espantosa posibilidad de que su padre, aun siendo inocente, acabara por ser considerado culpable. Había oído hablar de personas que sufrían la pena de muerte por derramamiento de sangre de cuya inocencia se probaba más tarde, y esas desdichadas personas no se encontraban, en un principio, en la peligrosa y errónea situación en la que se hallaba su padre.
Luego, en el mejor de los casos, el comienzo de su aislamiento, de las habladurías en su contra y del rechazo, era un hecho seguro. Databa de aquella misma noche. Y así como el gran río negro con sus sombrías orillas pronto se perdió de su vista en la penumbra, así ella permanecía en la orilla del río incapaz de divisar la vasta y desolada miseria de una vida bajo sospecha, de la que buenos y malos se apartaban, pero sabiendo que yacía allí, difusa ante ella, extendiéndose hasta el gran océano, la Muerte.