le parecieron a la postre sumamente entretenidas, si bien esperaba que Plutarco no pretendiera que se las creyera todas. Qué creer, en el transcurso de su lectura, era de hecho la principal dificultad literaria del señor Boffin; durante algún tiempo estuvo indeciso entre la mitad, todas o ninguna; al fin, cuando decidió, como hombre moderado, conformarse con la mitad, quedaba todavía por resolver la cuestión de ¡cuál mitad! Y con ese tropezón jamás pudo dar al traste.
Una tarde, cuando Silas Wegg se hubo acostumbrado a la llegada de su mecenas en coche de punto, acompañado de algún historiador profano cargado con nombres inenarrables de pueblos incomprensibles, de estirpe imposible, que libraban guerras de cualquier cantidad de años y sílabas de duración, y que acarreaban huestes y riquezas ilimitadas con la mayor facilidad, más allá de los confines de la geografía, una tarde pasó la hora habitual y el mecenas no hizo acto de presencia.
Transcurrida media hora de cortesía, el señor Wegg se encaminó a la cancela exterior y allí emitió un silbido, comunicándole al señor Venus, si es que por casualidad se encontraba al alcance del oído, la noticia de que se hallaba en casa y sin ocupación. De guaita tras un muro vecino salió entonces el señor Venus.
—Hermano de armas —dijo el señor Wegg, de muy buen humor—, ¡bienvenido!
A cambio, el señor Venus le dio unas buenas noches bastante secas.
—Entra, hermano —dijo Silas, dándole una palmada en el hombro—, y toma asiento junto a mi chimenea; porque, ¿qué dice la balada?
«Sin malicia que temer, señor, Y sin falsedad que recelar, Sino verdad que me encante, señor Venus, Y olvidé qué alegrar. Li toddle de om dee. Y algo que guíe Mi propio hogar, señor, Mi propio hogar».