La modista de muñecas descubre una palabra
Una habitación a oscuras y silenciosa; el río al otro lado de las ventanas fluyendo hacia el vasto océano; una figura sobre la cama, envuelta, vendada y atada, tendida e indefensa boca arriba, con sus dos brazos inútiles en férulas a los costados.
Bastan tan solo dos días de costumbre para que la modistita se familiarizara de tal modo con esta escena, que esta ocupaba ahora el lugar que hacía dos días ostentaban los recuerdos de años.
Apenas se había movido desde la llegada de ella. A veces tenía los ojos abiertos, a veces cerrados.
Cuando los tenía abiertos, no había significado alguno en su mirada fija y sin pestañear en un punto justo delante de él, a menos que por un momento la frente se frunciera con una leve expresión de enojo o sorpresa. Entonces, Mortimer Lightwood le hablaba, y en ocasiones se reanimaba lo suficiente como para intentar pronunciar el nombre de su amigo.
Pero, en un instante la consciencia volvía a desaparecer, y no quedaba rastro del espíritu de Eugene en la forma exterior destrozada de Eugene.
Proporcionaron a Jenny materiales para desempeñar su labor, y le colocaron una pequeña mesa a los pies de su cama. Sentada allí, con su abundante cascada de cabello cayendo sobre el respaldo de la silla, esperaban que lograra atraer su atención.