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XIII

Cómo el Banquero Dorado ayudó a esparcir polvo

En toda la primera confusión de su asombro, lo más pasmosamente maravilloso para Bella fue el rostro radiante de mister Boffin.

Que su esposa fuera alegre, franca y cordial, o que su rostro expresara toda cualidad noble y confiada, y ninguna cualidad mezquina o ruin, era coherente con la experiencia de Bella.

Pero que él, con un aire perfectamente benéfico y una cara redonda y rosada, estuviera allí de pie, mirándola a ella y a John como a un espíritu jovial y bondadoso, resultaba maravilloso.

Pues ¿cómo había lucido la última vez que lo vio en esa misma habitación (era la habitación en la que ella le había cantado las cuarenta al despedirse), y qué se había hecho de todas esas líneas torcidas de sospecha, avaricia y desconfianza que entonces le deformaban el semblante?

La señora Boffin sentó a Bella en el gran otomano, y se sentó junto a ella, y John, su marido, se sentó al otro lado de ella, y el señor Boffin se quedó de pie, radiante ante todos y ante todo cuanto podía ver, con supremo júbilo y disfrute. A la señora Boffin le dio entonces un ataque de risa en el que se dio palmadas en las manos y en las rodillas, y se mecía de atrás adelante, y luego otro ataque de risa en el que abrazaba a Bella y la mecía de atrás adelante⁠—ambos ataques de considerable duración.

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