«Vamos —dijo—, ya que no puede ser de otro modo, el señor Aaron y yo compartiremos esta responsabilidad y lo acompañaremos a su casa entre los dos. El señor Aaron por ese lado; yo por este. Si le parece bien al señor Aaron, la escolta puede ponerse en marcha ahora».
Él conocía su poder sobre ella. Sabía que ella no insistiría en que la dejara. Sabía que, una vez despertados los temores de ella por él, estaría intranquila si él se apartaba de su vista. A pesar de su aparente levedad y despreocupación, él conocía cuanto elegía conocer de los pensamientos del corazón de ella.
Y avanzando a su lado, con tanta alegría, sin importarle nada de lo que se le había argumentado en contra; tan superior en sus ocurrencias y aplomo a la sombría rigidez de su pretendiente y a la egoísta petulancia de su hermano; tan fiel a ella, al parecer, cuando los suyos propios le fallaban; ¡qué inmensa ventaja, qué influencia tan abrumadora tuvo él aquella noche!
Añádase a todo lo demás, pobre muchacha, que lo había oído vilipendiado por causa de ella, y que ella había sufrido por la de él, y ¿dónde está la extrañeza de que sus ocasionales tonos de serio interés (que realzaban su despreocupación, como si la fingiera para calmarla), de que su más leve roce, su más leve mirada, su misma presencia junto a ella en la oscura y común calle, fuesen como destellos de un mundo encantado, cuya claridad los celos, la malicia y toda mezquindad no podían soportar, por lo cual era natural que lo hostigasen como podrían hacerlo los malos espíritus?
No volviéndose a hablar de ir a casa de Riah, se dirigieron directamente a la vivienda de Lizzie. A pocos pasos de la puerta de la casa, ella se separó de ellos y entró sola.
—Señor Aaron —dijo Eugene, cuando se quedaron solos en la calle—, con muchas gracias por su compañía, me queda por decirle, no sin pesar, adiós.