reavivó en Los papeles del Club Pickwick tras un largo desuso, y lo ha practicado desde entonces.
Hay a veces una extraña inclinación en este país a disputar como improbable en la ficción lo que son las experiencias más comunes en la realidad.
Por tanto, hago constar aquí, aunque tal vez no sea en absoluto necesario, que hay cientos de casos de testamentos (como se les llama), mucho más notables que el imaginado en este libro; y que los archivos de la Oficina de Prerogativas rebosan de ejemplos de testadores que han hecho, cambiado, contradicho, ocultado, olvidado, dejado cancelados y dejado sin cancelar, cada uno de ellos, muchos más testamentos de los que jamás hizo el viejo señor Harmon de la Cárcel de Harmony.
En mis experiencias sociales desde que la señora Betty Higden apareció en escena y la abandonó, he hallado campeones de la Circumlocución dispuestos a acalorarse conmigo a propósito de mi postura sobre la Ley de Pobres.
Mi amigo el señor Bounderby jamás pudo ver diferencia alguna entre dejar a los «operarios» de Coketown exactamente como estaban, y exigir que fueran alimentados con sopa de tortuga y carne de veneno en cucharas de oro.
Proposiciones idioticas de naturaleza paralela me han sido ofrecidas libremente para su aceptación, y se me ha exigido admitir que yo daría asistencia de la Ley de Pobres a cualquiera, en cualquier parte, de cualquier manera.
Dejando a un lado este sinsentido, he observado una tendencia sospechosa en los defensores a dividirse en dos bandos: el uno, que sostiene que no hay pobres dignos que prefieran la muerte por inanición lenta y clima inclemente a la clemencia de ciertos funcionarios de