De todas estas fases de la tormenta, Riderhood desviaba la mirada, como si fuesen interrupciones —interrupciones tal vez bastante llamativas, pero interrupciones al fin y al cabo— de su examen minucioso del durmiente.
—Duerme profundamente —se dijo para sus adentros—; sin embargo, está tan pendiente de mí y se fija tanto en mí que mi levantamiento de la silla puede despertarlo, cuando ni un estruendoso trueno lo haría; por no hablar de si lo toco.
Se puso de pie con muchísimo cuidado.
«Tú, el de más allá —dijo, con voz baja y tranquila—, ¿estás cómodo? Hace friíto, jefe. ¿Te echo un abrigo por encima?».
Sin respuesta.
—Más o menos es eso ya mismo, ¿ve usted? —murmuró Riderhood con una voz más baja y diferente—; ¡un abrigo por encima de usted, un abrigo por encima de usted!
El durmiente moviendo un brazo, él