Cuando el lazo en el que cayó superó de tal modo su primera intención que se vio a sí mismo anunciado por las autoridades policiales en los muros de Londres como muerto, aceptó confusamente la ayuda que le sobrevino, sin considerar cuán firmemente aquello debía de parecer consolidar a los Boffin en su acceso a la fortuna.
Cuando los vio, y los conoció, y aun desde su posición ventajosa de observación no pudo hallarles tacha alguna, se preguntó: «¿Y voy a volver a la vida para despojar a gente como esta?».
No había ningún bien que justificara someterlos a esa dura prueba.
Él había oído de labios de la propia Bella, cuando fue a llamar a la puerta en aquella noche en que alquiló la habitación, que el matrimonio habría sido por su parte completamente mercenario. Desde entonces la había puesto a prueba, con su propia persona desconocida y su supuesta posición, y ella no solo había rechazado sus avances, sino que se había ofendido por ellos.
¿Le correspondía a él la vergüenza de comprarla, o la bajeza de castigarla?
Sin embargo, al volver a la vida y aceptar las condiciones de la herencia, tenía que hacer lo primero; y al volver a la vida y rechazarlas, tenía que hacer lo segundo.
Otra consecuencia que jamás había previsto fue la implicación de un hombre inocente en su supuesto asesinato. Obtendría una retractación completa del acusador y enmendaría el error; pero era evidente que el error nunca se habría cometido si jamás hubiera planeado un engaño.
Luego, cualquier inconveniente o angustia mental que el engaño le costara, debía aceptarlo varonilmente con arrepentimiento como parte de sus consecuencias, y no proferir ninguna queja.