Sobre la base de que rompí la sociedad porque vi el peligro; sobre lo cual os advierto que su hija podrá contaros otra historia, por lo que a mí respecta, pero ya sabéis cuánto valdrá, pues diría mentiras por todo el ancho mundo y el alto cielo con tal de salvar a su padre. Sobre la base de que se sabe bien por los muelles y las escaleras que él lo hizo. Sobre la base de que él se ha venido abajo debido a que lo hizo. Sobre la base de que juraré que lo hizo. Sobre la base de que podéis llevarme a donde queráis y hacerme prestar juramento al respecto. No quiero eludir las consecuencias. Me he decidido. Llevadme a donde sea.
—Todo esto no es nada —dijo Lightwood.
“¿Nada?”, repitió Riderhood, con indignación y asombro.
“Meramente nada. No pasa de ser el hecho de que usted sospecha de este hombre por el crimen. Puede hacerlo con cierta razón, o puede hacerlo sin razón alguna, pero no se le puede condenar basándose en su sospecha.”
—¿No habré dicho —tengo por testigo al otro Gobernador—, no habré dicho desde el primer minuto en que abrí la boca en esta silla de los siglos de los siglos amén —(evidentemente usaba esa fórmula como lo más parecido en fuerza a una declaración jurada)—, que estaba dispuesto a jurar que él lo había hecho? ¿No habré dicho: «Llévenme y háganme jurarlo»? ¿No lo digo ahora mismo? No lo negará usted, abogado Lightwood, ¿verdad?
“Ciertamente no; pero usted solo se ofrece a jurar sobre su sospecha, y yo le digo que no basta con jurar sobre su sospecha.”