los temblores y los horrores del señor Dolls como en un drama gratuito, se agolpaban a su alrededor en el dintel de su puerta, lo topetaban, le saltaban encima y lo apedreaban. De ahí que, cuando salió de su retiro de inválido y se sacudió a esa recua harapienta, iba muy salpicado y en peor estado que nunca. Pero aún no había tocado fondo; pues, al entrar en una taberna y habérsele suministrado su ron en un momento de mucho apuro, e intentar desaparecer sin pagar, fue agarrado del cuello, cacheado, hallado sin un céntimo y amonestado de que no volviera a intentarlo con un cubo de agua sucia que le echaron por encima. Esta aplicación le indujo otro ataque de temblores; tras lo cual el señor Dolls, al encontrarse de buen humor para hacerle una visita a un amigo profesional, se encaminó hacia el Temple.
No había nadie en las oficinas salvo el joven Blight. Ese discreto mancebo, consciente de cierta incongruencia en la asociación de semejante cliente con los asuntos que algún día podrían llegar, con la mejor intención contemporizó con Dolls y le ofreció un chelín para el coche de caballos de vuelta a casa.
El señor Dolls, aceptando el chelín, lo invirtió sin tardanza en dos porciones de a tres peniques de conspiración contra su vida, y otras dos porciones de a tres peniques de furioso arrepentimiento. Al regresar a las oficinas con semejante carga, fue avistado al doblar la esquina hacia el patio por el prudente joven Blight, que vigilaba desde la ventana: este cerró al instante la puerta exterior y dejó que el miserable sujeto desahogara su furia contra los paneles.
Cuanto más se resistía la puerta a sus embates, más peligrosa e inminente se volvía aquella sanguinaria conjura contra su vida. Al llegar una fuerza de policía, reconoció en ella a los conspiradores, y arremetió a diestro y siniestro, con voz ronca, con fiereza, con fijeza, con convulsiones, echando espuma por la boca.