su acumulación de riqueza, pero no quieren ninguna escoria de Nicodemus Boffin, Esquire; No, señor Boffin; el mundo podrá llamarlo orgullo, orgullo mezquindad si se quiere, pero no lo aceptarían aunque usted se lo ofreciera; un préstamo, señor —por catorce semanas clavadas, con intereses calculados a razón del cinco por ciento anual, para ser donado a cualquier institución de beneficencia que usted tenga a bien nombrar— es todo lo que quieren de usted, y si tiene la bajeza de negárselo, cuente con ser despreciado por estos grandes espíritus.
También están los mendigos de metódicos hábitos comerciales. Estos se quitarán la vida a la una menos cuarto de la tarde del martes, si no se recibe entretanto un giro postal del distinguido Nicodemus Boffin; de llegar pasada la una menos cuarto de la tarde del martes, no será necesario enviarlo, ya que para entonces (habiendo dejado constancia exacta de las despiadadas circunstancias) estarán «fríos en la muerte».
Ahí están también los mendigos a caballo, en un sentido distinto al del refrán. Van montados y listos para emprender la marcha por la autopista de la opulencia. Tienen la meta ante los ojos, el camino se encuentra en las mejores condiciones, llevan las espuelas listas, el corcel está dispuesto, pero, en el último momento, por falta de algo en concreto—un reloj, un violín, un telescopio astronómico, una máquina eletrizante—, tienen que desmontar para siempre, a menos que reciban su equivalente en dinero de manos del distinguido señor Nicodemus Boffin.
Menos dados a los detalles son los mendigos que hacen aventuras especulativas. A éstos, a los que por lo general hay que contestar bajo iniciales en una estafeta de correos rural, se les inquiere con letra femenina, > ¿Se atreve una que no puede revelarse a Nicodemo Boffin, Esquinarte, pero cuyo nombre podría