Y añadió mientras subía las escaleras.
«¡Y tan bonita, tan bonita!».
Y añadió al poco rato, mientras iba y venía por su habitación:
«¡Y si ella lo supiera!»
Ella sabía que él estaba haciendo temblar la casa con sus idas y venidas; y declaró que otra de las miserias de ser pobre era que uno no podía librarse de un Secretario que rondaba, tac—tac—taqueteando por las alturas en la oscuridad, como un fantasma.