El señor y la señora Boffin en consulta
Dirigiéndose directamente a su hogar, el señor Boffin, sin más impedimento ni demora, llegó a la Morada y le dio a la señora Boffin (ataviada con un traje de paseo de terciopelo negro y plumas, parecida a un caballo de coche fúnebre) una relación de todo lo que había dicho y hecho desde el desayuno.
—Esto nos devuelve, querida mía —prosiguió entonces—, a la cuestión que dejamos sin terminar: a saber, si va a haber alguna nueva incursión en la Moda.
—Ahora te diré lo que quiero, Noddy —dijo la señora Boffin, alisándose el vestido con un aire de inmenso deleite—: quiero Sociedad.
—¿La «alta sociedad», querida?
—¡Sí! —exclamó la señora Boffin, riendo con la alegría de una niña—. ¡Sí! ¡De nada sirve que me tengan aquí como a una figura de cera; verdad que no?
—La gente tiene que pagar para ver figuras de cera, querida —replicó su marido—, mientras que (aunque tú valdrías lo mismo por ese precio) a los vecinos se les deja verte gratis.
—Pero no sirve de nada —dijo la alegre señora Boffin—. Cuando trabajábamos como los vecinos, nos compenetramos. Ahora que hemos dejado de trabajar, hemos dejado de compenetrarnos.