Con esta cita (que debía su gracia más al espíritu que a las palabras), el señor Wegg condujo a su huésped hasta su hogar.
“Y vienes tú, hermano —dijo el señor Wegg con hospitalario fervor—, vienes como no sé qué... exactamente igualito... no te distinguiría de él... irradiando un halo a tu alrededor”.
—¿Qué clase de halo? —preguntó el señor Venus.
“’Ope, señor —respondió Silas—. Ese es su halo”.
El señor Venus pareció dudar sobre el punto, y miró al fuego con cierto descontento.
“Derraoremos la tarde, hermano —exclamó Wegg—, a proseguir nuestra amistosa gestativa. Y después, apurando una copa de vino generoso —con lo que me refiero a preparar ron con agua—, brindaremos el uno por el otro. Porque, ¿qué dice el poeta?
‘Y no necesita usted, señor Venus, ser su propia botella oscura, pues con certeza yo lo seré de la mía, y nos tomaremos un vaso con una rodaja de limón que a usted tanto le gusta, por los viejos tiempos.’ ”
Este flujo de citas y hospitalidad en Wegg indicaba que él había observado cierta petulancia por parte de Venus.
—Pues mire, en cuanto a esa medida amistosa —observó el último caballero mencionado, frotándose las rodillas con irritación—, una de mis objeciones es que no se mueve.
—Roma, hermano —replicó Wegg—: una ciudad que (puede que no sea de dominio público) tuvo su origen en unos gemelos y una loba; y culminó en mármol imperial: no se hizo en un día.
—¿Acaso dije que lo fuera? —preguntó Venus.