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VI. El Basurero de Oro cae en peor compañía

Robert Baldwin, en marzo de 1782, hizo su testamento, en el cual legó las tierras ahora en disputa a los hijos de su hijo menor; poco después de lo cual sus facultades decayeron y cayó en un estado de total senilidad, muriendo a la edad de más de ochenta años. El demandado, el hijo mayor, dio a entender inmediatamente después que su padre había destruido el testamento; y como no se encontró ningún testamento, tomó posesión de las tierras en cuestión, y así permanecieron las cosas durante veintiún años, creyendo toda la familia durante todo ese tiempo que el padre había muerto sin testamento. Pero al cabo de veintiún años la esposa del demandado murió, y él muy poco después, a la edad de setenta y ocho años, se casó con una mujer muy joven: lo cual causó cierta preocupación a sus dos hijos, cuyas punzantes expresiones de este sentimiento exasperaron tanto a su padre, que este, en su resentimiento, otorgó un testamento para desheredar a su hijo mayor, y en un acceso de ira se lo mostró a su segundo hijo, quien instantáneamente decidió apoderarse de él y destruirlo, con el fin de preservar la propiedad para su hermano. Con este propósito, forzó el escritorio de su padre, donde encontró —no el testamento de su padre que andaba buscando, sino el testamento de su abuelo, que por entonces la familia había olvidado por

“¡Ahí está!”, dijo el señor Boffin. “¡Miren lo que los hombres guardan y olvidan, o pretenden destruir, y no lo hacen!”

Luego añadió en un tono pausado: “¡Im⁠—pre⁠—sio⁠—nan⁠—te!”.

Y mientras él rodaba los ojos por toda la habitación, Wegg y Venus hicieron lo mismo. Y entonces Wegg, por su cuenta, clavó sus ojos en el señor Boffin, que volvía a mirar el fuego; como si tuviera la intención de abalanzarse sobre él y exigirle sus pensamientos o la vida.

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