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V. La morada de Boffin

Restos desamparados de paja y papel armaban allí tormentas giratorias cuando la calle principal estaba en calma; y el carro de riego, como si estuviera borracho o miope, doblaba por ella tropezando y sacudiéndose, convirtiéndola en un lodazal cuando todo lo demás estaba limpio.

Delante de su cartel de venta pendía un pequeño letrero, semejante a una agarradera de tetera, que llevaba la inscripción en su propia letra menuda:

Diligencias hechas con fi Delidad Por Damas y Caballeros Quedo de Ustedes Su humilde Serv r : Silas Wegg

No solo se había convencido a sí mismo con el tiempo de que era recadista oficial de la casa de la esquina (aunque no recibía tales encargos ni media docena de veces al año, y aun entonces solo como suplente de algún criado), sino también de que era uno de los servidores de la casa, le debía vasallaje y estaba obligado a guardarle fiel y leal devoción. Por esta razón, siempre se refería a ella como «Nuestra Casa», y, aunque su conocimiento de los asuntos de esta era mayormente especulativo y del todo erróneo, presumía de estar en su confidencia. Por motivos similares, jamás veía a un morador en ninguna de sus ventanas sin tocarse el sombrero. Con todo, sabía tan poco de los ocupantes que les daba nombres de su propia invención: como «señorita Elizabeth», «joven George», «tía Jane», «tío Parker»⁠—sin tener autoridad alguna para semejantes designaciones, y muy especialmente para la última⁠—, a la cual, como consecuencia natural, se aferraba con gran terquedad.

Sobre la casa misma, ejercía el mismo poder imaginario que sobre sus habitantes y sus asuntos. Nunca había estado en ella, salvo por un trozo de gruesa tubería de desagüe negra que se arrastraba sobre la puerta del sótano hacia un húmedo pasillo de piedra, y que tenía más bien el aire de

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