A la señora Lammle le llamó la atención que aquella mañana pareciera bastante difícil hacer entrar al señor y a la señora Boffin en una conversación agradable.
Se habían lanzado varios anzuelos y ninguno de los dos había pronunciado una palabra. Allí estaban ella, la señora Lammle, y su esposo, discurriendo a la vez con emoción y eficacia, pero discurriendo solos.
Suponiendo que las entrañables criaturas estuvieran impresionadas por lo que escuchaban, aun así a uno le gustaría estar seguro de ello, más aún cuando al menos una de las entrañables criaturas era aludida de manera bastante directa.
Si las entrañables criaturas eran demasiado tímidas o demasiado torpes para asumir los puestos que les correspondían en la discusión, pues entonces parecería conveniente que a las entrañas criaturas se las cogiera por la cabeza y los hombros y se las metiera en ella.
—Pero ¿no está queriendo decir mi esposo con esto —preguntó entonces la señora Lammle, con aire inocente, dirigiéndose al señor y a la señora Boffin—, que se desentiende de sus propias desgracias temporales por la admiración que siente hacia otro a quien arde en deseos de servir? ¿Y no es eso admitir que posee una naturaleza generosa? Yo soy un desastre para la argumentación, pero ¿no es sin duda así, queridos señor y señora Boffin?
Aun así, ni el señor ni la señora Boffin dijeron una palabra. Él se sentó con los ojos fijos en el plato, comiendo sus muffins y su jamón, y ella se sentó con timidez mirando la tetera. La inocente súplica de la señora Lammle quedó simplemente lanzada al aire, para mezclarse con el vapor de la tetera. Mirando de soslayo hacia el señor y la señora Boffin, levantó muy levemente las cejas, como si le preguntara a su marido: «¿Noto algo raro por aquí?».