Con este breve exordio profesional, entró en la historia del amistoso movimiento y la relató fielmente. Habría podido pensarse que aquello arrancaría alguna muestra de sorpresa, ira u otra emoción del señor Boffin, pero no arrancó nada más allá de su comentario anterior:
—Así es, Venus.
—Lo he asombrado a usted, señor, ¿creo? —dijo el señor Venus, deteniéndose dubitativo.
El señor Boffin se limitó a responder como queda dicho:
«Exactamente, Venus».
Para entonces, el asombro era por completo de la otra parte. No continuó siendo así, sin embargo.
Pues, cuando Venus pasó al descubrimiento de Wegg, y de este al hecho de que ambos hubieran visto al señor Boffin desenterrar la botella holandesa, dicho caballero cambió de color, cambió de postura, se volvió sumamente inquieto y terminó (cuando Venus terminó) en un estado de manifiesta ansiedad, trepidación y confusión.
—Ahora, señor —dijo Venus, terminando—; usted sabe mejor qué contenía aquella botella holandesa, y por qué la desenterró y se la llevó. No pretendo saber nada más al respecto de lo que vi. Todo lo que sé es esto: después de todo, estoy orgulloso de mi oficio (aunque ha estado acompañado de un terrible inconveniente que ha afectado a mi corazón y casi por igual a mi esqueleto), y tengo la intención de vivir de mi oficio. Diciendo lo mismo con otras palabras, no pienso ganar ni un solo centavo deshonesto con este asunto. Como la mejor reparación que puedo hacerle por haberme metido jamás en él, le hago saber, a modo de advertencia, lo que Wegg ha descubierto.