No parecía haber línea de demarcación entre la inocencia excesiva de la joven persona y el conocimiento más culpable de otra persona. A fe de la palabra del señor Podsnap, los tonos más sobrios de gris pardo, blanco, lila y gris eran de un rojo llameante para esta molesta joven persona de temperamento taurino.
Los Podsnap vivían en un rincón umbrío contiguo a Portman Square. Eran el tipo de gente destinada a habitar en la sombra, vivieran donde viviesen.
La vida de la señorita Podsnap había sido, desde su primera aparición en este planeta, de índole enteramente umbría; pues era improbable que la personita del señor Podsnap sacara provecho alguno de relacionarse con otras personitas, por lo que se la había recluido en la compañía de personas mayores poco afines y de muebles macizos.
Como las primeras perspectivas de la vida de la señorita Podsnap provenían principalmente de sus reflejos en las botas de su padre, en las mesas de nogal y palisandro de los tenebrosos salones y en sus oscuros gigantes de espejos, estas eran de un tinte sombrío; y no era de extrañar que ahora, cuando la mayoría de los días era paseada solemnemente por el Parque al lado de su madre en un carretelón alto y de color natilla, sobresaliera por encima del faldón de dicho vehículo como una jovencita desolada que se incorporara en la cama para echar una mirada de asombro al mundo en general, y con unas enormes ganas de volver a meter la cabeza bajo la colcha.
Dijo el señor Podsnap a la señora Podsnap: «Georgiana casi tiene dieciocho años».
Dijo la señora Podsnap al señor Podsnap, asintiendo: «Casi dieciocho».
Dijo entonces el señor Podsnap a la señora Podsnap: «De verdad creo que deberíamos invitar a alguna gente en el cumpleaños de Georgiana».