papeles en la mano junto a una mesa con velas de pantalla, en la cual el señor Boffin estaba sentado, reclinado hacia atrás en su sillón.
—Está usted ocupado, señor —dijo Bella, dudando en la puerta.
—En absoluto, querida, en absoluto. Eres de la casa. Nunca te tratamos como a una visita. Pasa, pasa. Aquí está la anciana en su sitio de siempre.
Añadiendo la señora Boffin su asentimiento y su sonrisa de bienvenida a las palabras del señor Boffin, Bella llevó su libro a una silla en el rincón de la chimenea, junto al costurero de la señora Boffin. El puesto del señor Boffin estaba en el lado opuesto.
—Ahora, Rokesmith —dijo el Dorado Basurero, dando un golpe en la mesa con tanta fuerza para reclamar su atención, mientras Bella pasaba las páginas de su libro, que ella dio un sobresaltó—; ¿por dónde íbamos?
—Decía usted, señor —replicó el Secretario, con cierto aire de reticencia y una mirada hacia los demás presentes—, que consideraba llegada la hora de fijar mi sueldo.
—No te dé reparo llamarlo jornal, hombre —dijo el señor Boffin, con irritación—. ¡Qué diantres! Yo nunca hablé de ningún sueldo cuando estaba en el servicio.
—Mi salario —dijo el Secretario, corrigiéndose.
—Rokesmith, no es usted orgulloso, espero? —observó el señor Boffin, mirándolo de soslayo.
“Eso espero que no, señor.”
—Porque nunca lo fui, cuando era pobre —dijo el señor Boffin—. La pobreza y el orgullo no se llevan nada bien. Tengan eso presente. ¿Cómo