Y ahora, el señor Wegg al fin apartó su plato y se puso las gafas, y el señor Boffin encendió su pipa y contempló con ojos radiantes el mundo que se abría ante él, y la señora Boffin se reclinó de manera elegante en su sofá: como alguien que formaría parte del público si descubriera que podía, y se iría a dormir si descubriera que no.
“¡Ejem!”, comenzó Wegg, “Este, señor Boffin y señora, es el primer capítulo del primer volúmen de La Decadencia y Caída de—” aquí miró fijamente el libro y se detuvo.
—¿Qué pasa, Wegg?
—Vaya, se me viene a la cabeza, ¿sabe?, señor —dijo Wegg con un aire de franqueza insinuante (después de haber vuelto a mirar fijamente el libro)—, que usted cometió un pequeño error esta mañana, el cual tenía la intención de corregirle, solo que algo hizo que se me fuera de la cabeza. Me parece que dijo Imperio Ruso, ¿señor?
—Es Rooshan; ¿verdad, Wegg?
“No, señor. Romano. Romano”.
—¿Cuál es la diferencia, Wegg?
—¿La diferencia, señor? —El señor Wegg vacilaba y corría el riesgo de venirse abajo, cuando se le iluminó la mente con una brillante ocurrencia—.
¿La diferencia, señor? En eso me pone en un aprieto, señor Boffin. Baste con señalar que lo mejor es posponer la diferencia para otra ocasión en que la señora Boffin no nos honre con su compañía. En presencia de la señora Boffin, señor, más nos vale dejarlo correr.
El señor Wegg salió así de su desventaja con un aire bastante caballeresco, y no solo eso, sino que a fuerza de repetir con delicadeza