“Sin duda lo fue, señor Wegg.”
—Ciertamente lo fue, como dices, socio —asintió Wegg, de mejor humor gracias a la pronta admisión.
—Muy bien. Considero que haber plantado a uno de sus instrumentos serviles en el patio es un acto de mezquindad y espionaje. Y se las va a tener que ver duras por ello.
—No fue culpa suya, señor Wegg, debo admitirlo —dijo Venus—, que se saliera con la suya con la botella holandesa aquella noche.
—¡Como bien vuelves a decir, socio! No, no fue culpa mía. Le habría arrancado esa botella. ¿Iba a tolerarse que viniera, como un ladrón en la oscuridad, a rebuscar entre cosas que eran mucho más nuestras que suyas (visto que podíamos despojarlo hasta del último grano si no nos compraba por la cifra que nosotros fijáramos), y a llevarse un tesoro de sus entrañas? No, eso no se podía tolerar. Y por eso mismo, también se le va a hacer pasar por el aro.
—¿Cómo se propone usted hacerlo, señor Wegg?
«¿Que doble la cerviz ante el trabajo? Propongo —respondió aquel respetable caballero— insultarle abiertamente. Y, si al mirar este ojo que viste, osa replicar con una sola palabra, replicarle yo a mi vez antes de que pueda tomar aliento: "Añade otra palabra a eso, viejo perro polvoriento, y te verás en la miseria"».
—¿Y si no dice nada, señor Wegg?
—Entonces —replicó Wegg—, habremos llegado a un acuerdo con muy poca molestia, y lo domaré y lo conduciré, señor Venus. Lo encensartaré, lo llevaré bien sujeto, y lo domaré y lo conduciré. Cuanto más se conduzca al viejo Basura, señor, más alto pagará. Y pienso cobrar caro, señor Venus, se lo prometo.