—Y usted sabe a dónde ha ido —arriesgó Fledgeby.
—No sabría decirle, la verdad, señor —respondió la señorita Wren.
La graciosa barbilla se enfrentó a la mirada del señor Fledgeby con un desconcertante respingo, de tal modo que este afable caballero se quedó un buen rato sin saber cómo retomar su fascinante papel en el diálogo. Al fin dijo:
—¿La señorita Jenny? Ese es su nombre, si no me equivoco.
—Probablemente no se equivoque, caballero —fue la fría respuesta de la señorita Wren—; porque lo supo por la mejor autoridad. La mía, ya sabe.
—¡Señorita Jenny! En vez de venir y quedarse muerta, salgamos con vida y buen aspecto. Le aseguro que rendirá más —dijo Fledgeby, dedicándole un par de guiños seductores a la modista—. Verá que rinde más.
“Tal vez —dijo la señorita Jenny, sosteniendo su muñeca con el brazo estirado y contemplando críticamente el efecto de su arte con las tijeras en los labios y la cabeza hacia atrás, como si su interés estuviera allí y no en la conversación—, tal vez usted nos explique lo que quiere decir, joven, porque para mí está en arameo.—Tienes que darle otro toque de azul al adorno, querida”.
Tras dirigir este último comentario a su rubia clienta, la señorita Wren procedió a recortar unos retazos azules que tenía ante sí, entre fragmentos de todos los colores, y a enhebrar una aguja con una madeja de hilo azul.
—Mire aquí —dijo Fledgeby—: ¿Me está prestando atención?
—Le estoy atendiendo, señor —respondió la señorita Wren, sin el menor amago de hacerlo—. Otro toque de azul en su adorno, querida mía.