—Señor Boffin, esta mañana me encontraba en Chancery Lane cuando lo vi pasar delante de mí. Me tomé la libertad de seguirlo, intentando decidirme a hablarle, hasta que entró en la oficina de su abogado. Entonces esperé afuera hasta que salió.
(“No suenan exactamente a juegos de bolos, ni tampoco a hidalgo provinciano, ni a joyería —pensó el señor Boffin—, pero nunca se sabe”).
—Temo que mi propósito sea audaz, temo que tenga poco de lo práctico del mundo habitual, pero me arriesgo. Si me pregunta, o si se pregunta usted —lo cual es más probable— qué me da valor, le respondo que se me ha asegurado firmemente que usted es un hombre de rectitud y franqueza, dotado del más sano de los corazones, y que tiene la dicha de estar casado con una mujer distinguida por esas mismas cualidades.
“Lo que dice es cierto en cuanto a la señora Boffin, de todos modos”, fue la respuesta del señor Boffin, mientras examinaba de nuevo a su nuevo amigo. Había algo reprimido en los modales del extraño hombre, y caminaba con los ojos clavados en el suelo —aunque consciente, a pesar de todo, de la observación del señor Boffin— y hablaba con voz apagada. Pero sus palabras fluían con facilidad, y su tono de voz era agradable, aunque tenso.
“Cuando añado, puedo discernir por mí mismo lo que la lengua general dice de usted —que la fortuna no lo ha echado a perder en absoluto, y que no se ha ensoberbecido—, confío en que usted, como hombre de naturaleza abierta, no sospechará que pretendo lisonjearlo, sino que creerá que todo lo que pretenden mis palabras es disculparme, siendo estas mis únicas excusas para mi presente intromisión.”