“No, señor. Me parece, después de pensarlo maduramente, que la mejor manera de enmendar el haberse salido de la plaza es volver a meterse en la plaza”.
—¡Hum! —meditó el señor Boffin—. Cuando dice la plaza, se refiere a...
—Quiero decir —terció Venus, con firmeza y brevedad—, el derecho.
—Me parece a mí —refunfuñó el señor Boffin junto al fuego, con aire de agravio—, que la razón está de mi parte, si es que está en alguna. Tengo mucho más derecho al dinero del viejo del que la Corona jamás podrá tener. ¿Qué fue la Corona para él, aparte de los impuestos del Rey? En cambio, mi mujer y yo lo éramos todo para él.
Mr. Venus, con la cabeza entre las manos, melancolizado por la contemplación de la avaricia de Mr. Boffin, se limitó a murmurar para sumergirse en el lujo de ese estado de ánimo:
«Ella no deseaba considerarse a sí misma de ese modo, ni tampoco ser considerada así».
—¿Y cómo voy a vivir —preguntó el señor Boffin, con lástima de sí mismo—, si voy a andar comprando tipos con lo poquito que tengo? ¿Y cómo se supone que empiece? ¿Cuándo voy a tener el dinero listo? ¿Cuándo voy a hacer una oferta? No me ha dicho cuándo amenaza con caérseme encima.
Venus explicó en qué condiciones y con qué propósito se había pospuesto el abordaje al señor Boffin hasta que se despejaran los Montículos. El señor Boffin escuchó con atención.
—¿Supongo —dijo, con un destello de esperanza— que no hay duda sobre la autenticidad y la fecha de este maldito testamento?