La señora Lammle respondió que para un breve paseo.
“Algunas personas —dijo Fascination Fledgeby— están acostumbradas a dar largos paseos en coche; pero por lo general me parece que, si los hacen demasiado largos, se pasan de la raya”.
Estando de tan buen talante, se habría superado en su siguiente ocurrencia de no haber sido anunciada la señorita Podsnap.
La señora Lammle voló a abrazar a su querida pequeña Georgy y, una vez pasados los transportes iniciales, le presentó al señor Fledgeby.
El señor Lammle apareció en escena en último lugar, pues siempre llegaba tarde, como tarde llegaban siempre los habituales; viéndose todos obligados a llegar tarde por información confidencial sobre la Bolsa, y los valores griegos, españoles, indios y mexicanos, y la paridad, y la prima, y el descuento, y tres cuartos y siete octavos.
Se sirvió inmediatamente una deliciosa salita de cena, y el señor Lammle presidía resplandeciente su extremo de la mesa, con su criado detrás de la silla y sus perpetuas dudas sobre el tema del salario a su propia espalda.
Las máximas facultades de resplandor del señor Lammle eran necesarias hoy, pues Fascination Fledgeby y Georgiana no solo se habían dejado mudos el uno al otro, sino que habían adoptado posturas sorprendentes; Georgiana, al sentarse frente a Fledgeby, hacía tales esfuerzos por ocultar sus codos que resultaban totalmente incompatibles con el uso del cuchillo y el tenedor; y Fledgeby, al sentarse frente a Georgiana, evitaba su rostro por todos los medios posibles y delataba el desasosiego de su mente al tantearse las patillas con la cuchara, la copa de vino y el pan.
Así que el señor y la señora Alfred Lammle tuvieron que dar el pie, y así fue como lo dieron.