lleva en la mano?”
—Una pala —respondió Venus—. Y sabe cómo usarla, recuerda, cincuenta veces mejor que cualquiera de los dos.
—Si lo busca y no lo encuentra, socio —sugirió Wegg—, ¿qué haremos?
—Primero que nada, espera a que lo haga —dijo Venus.
Discreto consejo también, pues volvió a oscurecer su linterna y el montículo se quedó a oscuras. Tras unos segundos, encendió la luz una vez más y se le vio de pie al pie del segundo montículo, levantando lentamente la linterna poco a poco hasta sostenerla con el brazo extendido, como si estuviera examinando el estado de toda la superficie.
—¿Tampoco ese puede ser el lugar? —dijo Venus.
—No —dijo Wegg—, se está enfriando.
—Se me ocurre —susurró Venus— que quiere averiguar si alguien ha estado manoseando por ahí.
—¡Chist! —replicó Wegg—, se está quedando cada vez más frío... ¡Y ahora está congelado!
Esta exclamación fue arrancada por el hecho de haber vuelto a apagar la linterna y a encenderla, y de dejarse ver al pie del tercer túmulo.
—¡Vaya, si está subiendo por él! —dijo Venus.
“¡Con pala y todo!”, dijo Wegg.
A un trote más ágil, como si la pala al hombro lo estimulara al revivir viejos recuerdos, el señor Boffin ascendió por el «camino serpenteante» del Montículo que le había descrito a Silas Wegg con motivo de su principio de decadencia y caída.