de la señora Boffin, y volvió a encontrarse con la mirada. En un instante aquello la iluminó, y comenzó a comprender lo que había hecho.
—Le digo a usted, caballero —repitió el señor Boffin—, mire a esta joven que va de mi brazo.
—Así lo hago —replicó el Secretario.
Cuando su mirada volvió a posarse en Bella por un momento, a ella le pareció que había reproche en ella. Pero es posible que el reproche estuviera dentro de ella misma.
—¿Cómo se atreve usted, señor —dijo el señor Boffin—, a entrometerse, a mis espaldas, con esta joven? ¿Cómo se atreve a salir de su condición y de su puesto en mi casa para importunar a esta joven con sus insolentes pretensiones?
—Debo negarme a responder preguntas —dijo el Secretario—, que se hacen de forma tan ofensiva.
—¿Se niega a contestar? —replicó míster Boffin—. ¿Se niega a contestar, verdad? Pues le diré lo que pasa, Rokesmith; le contestaré yo por usted. Este asunto tiene dos caras, y las voy a tomar por separado. La primera cara es pura insolencia. Esa es la primera cara.
El Secretario sonrió con cierta amargura, como si hubiera querido decir: «Ya veo y oigo».
—Fue pura insolencia de tu parte, te lo digo —dijo el señor Boffin—, siquiera pensar en esta joven. Esta joven estaba muy por encima de ti. Esta joven no era para ti. Esta joven estaba al acecho (como estaba capacitada para hacerlo) de dinero, y tú no tenías dinero.
Bella bajó la cabeza y pareció encogerse un poco bajo el brazo protector del señor Boffin.