El señor Wegg accedió, y el caballero ronco llamó su atención hacia la tercera persona presente, de este modo;
—Ahora, mírate las orejas de Eddard. ¿Cómo dijiste que se llamaba, otra vez? Susurro.
El señor Wegg susurró: «La Morada de Boffin».
“¡Eddard! (mantén los ojos en sus orejas) ¡vete volando a la Morada de Boffin!”
Edward, con las orejas gachas, permaneció inamovible.
—¡Eddard! (ojo con las orejas) dale zapatilla hasta lo del viejo Harmon.
Edward aguzó al instante las orejas al máximo y echó a correr a tal paso que a Mr. Wegg la conversación se le sacudió de dentro en un estado de lo más dislocado.
—¿Fueuna-car-celal-gu-nave-ces? —preguntó el señor Wegg, aferrándose bien.
—No es una cárcel de verdad, de esas a las que nos mandarían a usted y a mí —respondió su acompañante—; le pusieron ese nombre porque el viejo Harmon vivía allí apartado de todo.
—Y-por-qué-le-llamaban-Harm-Ony? —preguntó Wegg.
“A causa de que no se ponía de acuerdo con nadie.
Como unos discursos de paja.
La cárcel de Harmon; la cárcel de Harmony.
Dándole vueltas y vueltas.”