Había otros amigos que parecían estar siempre holgazaneando y remoloneando por la City, en cuestiones de la Bolsa, y de la deuda griega y española y de la India y mexicana y a la par y con prima y con descuento y al tres cuartos y al siete octavos.
Todos estaban afiebrados, jactanciosos y vagamente descompuestos; y todos comían y bebían en gran cantidad; y hacían apuestas comiendo y bebiendo.
Todos hablaban de sumas de dinero, y solo mencionaban las sumas dejando que se sobreentendiera el dinero; como «cuarenta y cinco mil, Tom», o «doscientos veintidós por cada acción individual del lote, Joe».
Parecían dividir el mundo en dos clases de personas: las que estaban haciendo fortunas enormes y las que se estaban arruinando enormemente.
Siempre iban con prisa, y sin embargo parecían no tener nada tangible que hacer; a excepción de unos pocos (estos, en su mayoría asmáticos y de labios gruesos) que se pasaban el día demostrando al resto, con portaminas de oro que apenas podían sostener debido a los grandes anillos en sus dedos índices, cómo se debía hacer dinero.
Por último, todos maldecían a sus mozos de cuadra, y estos mozos no eran tan respetuosos ni perfectos como los de otros hombres; pareciendo de algún modo quedarse cortos en el punto de mozo, como sus amos se quedaban cortos en el punto de caballero.
El joven Fledgeby no era nada de eso. El joven Fledgeby tenía una mejilla melocotonada, o una mejilla compuesta de melocotón y del rojo rojo rojo muro en el que crece, y era un joven desgarbado, de pelo rojizo y ojos pequeños, sumamente delgado (sus enemigos habrían dicho larguirucho) y propenso al autoexamen en materia de patillas y bigote.