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IX. El señor y la señora Boffin en consulta

hombre, que lo hace bajo su pe... —iba a decir «peligro»; pero la señorita Lavinia, que no tenía ninguna confianza en sus facultades mentales y sentía que su discurso no tenía una aplicación concreta a ninguna circunstancia, volvió a meterle el tapón de un tirón, con una brusquedad que le hizo llorar los ojos.

Y ahora la digna señora Wilfer, tras haber utilizado a su hija menor como maniquí para la edificación de estos Boffin, se mostró afable con ella y procedió a desplegar su última muestra de fuerza de carácter, que aún guardaba en reserva.

Consistía esto en iluminar a la familia con sus notables facultades como fisonomista; facultades que aterraban a R. W. cada vez que se desataban, por estar siempre cargadas de lumbre y mal agüero que ninguna presciencia inferior era capaz de advertir.

Y esto lo hacía ahora la señora Wilfer, nótese bien, por celos de estos Boffin, en esos mismos instantes en que ya estaba pensando en cómo restregaría a estos mismos Boffin y el tren de vida que mantenían por las narices de sus amigas desprovistas de Boffin.

“De sus modales —dijo la señora Wilfer—, no digo nada. De su aspecto, no digo nada. Del desinterés de sus intenciones hacia Bella, no digo nada. Pero la astucia, el secreto, el oscuro, profundo y solapado complot, escrito en el rostro de la señora Boffin, me hacen estremecer.”

Como prueba incontrovertible de que todos aquellos funestos atributos estaban presentes, la señora Wilfer se estremece en el acto.

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