Lanzándose Veneering sobre este albacea como su amigo más antiguo (lo que hace siete, pensó Twemlow), y retirándose confidencialmente con él al invernadero, se entiende que Veneering es su coalbacea y que están arreglando lo de la fortuna. Incluso se alcanza a oír a Buffers susurrar: ¡Tre‑inta Mil Li‑bras!, con un chasquido y un deleite que sugieren las ostras más finas.
Desconocidos insignificantes, asombrados al descubrir cuán íntimamente conocen a Veneering, cobran ánimos, se cruzan de brazos y empiezan a llevarle la contraria antes de desayunar.
A cuya hora la señora Veneering, llevando en brazos al bebé vestido de dama de honor, revolotea entre la compañía, emitiendo destellos de relámpagos multicolores con diamantes, esmeraldas y rubíes.
El Analítico, al cabo del tiempo considerando que ha hecho lo que se debe a sí mismo al llevar a una digna conclusión varias riñas que trae entre manos con los pasteleros, anuncia el desayuno. Comedor no menos magnífico que el salón; mesas soberbias; todos los camellos fuera, y todos cargados. Espléndido pastel, cubierto de Cupidos, plata y nudos de enamorados. Espléndida pulsera, sacada por Veneering antes de bajar, y abrochada en el brazo de la novia. Sin embargo, nadie parece pensar mucho más en los Veneering que si fueran unos tolerables anfitriones que hacen el servicio por motivos de negocio a tanto por cabeza. La novia y el novio conversan y ríen aparte, como ha sido siempre su costumbre;