que era su manera de comportarse en sociedad.
—Perdónenme —dijo la señora Wilfer, tras los primeros saludos, y en cuanto se hubo acomodado el pañuelo bajo la barbilla y agitado sus manos enguantadas—, ¿a qué debo el honor de esta visita?
—Para abreviar, señora —respondió el señor Boffin—, tal vez a usted le suenen los nombres de mi señora y el mío, por haber heredado una determinada propiedad.
—He oído decir, caballero —replicó la señora Wilfer, con una inclinación de cabeza llena de dignidad—, que tal es el caso.
—Y me atrevo a decir, señora —prosiguió el señor Boffin, mientras la señora Boffin añadía asentimientos y sonrisas de confirmación—, que no está muy dispuesta a encariñarse con nosotros, ¿verdad?
—Perdone —dijo la señora Wilfer—. Habría sido injusto hacer recaer sobre el señor y la señora Boffin una calamidad que sin duda fue una