—¡Acuérdese bien! —replicó el otro, inclinándose sobre la media puerta para arrojar sus palabras dentro del bar, pues tenía la voz como si la cabeza de la fregona de su bote se le hubiera atascado en la garganta—; ¡eso digo yo, señorita Abbey! ¡Y acuérdese bien! ¡Yo lo perseguiré, señorita Abbey! ¡Y acuérdese bien! ¡Al final lo pescaré, aunque pasen veinte años, vaya que sí! ¿Quién se cree que es para que lo traten con favoritismo por su hija? ¿Acaso no tengo yo una hija propia?
Con ese desplante, y pareciendo haberse puesto un poco más borracho y mucho más feroz de lo que estaba al principio, el señor Riderhood cogió su jarra de pinta y se largó con prepotencia hacia el salón del bar.
Gaffer no estaba allí, pero sí una concurrencia bastante nutrida de los alumnos de la señorita Abbey, los cuales manifestaban, cuando la ocasión lo requería, la mayor docilidad.
Al dar las diez el reloj, aparecer la señorita Abbey en la puerta y dirigirse a cierta persona con una descolorida chaqueta escarlata diciéndole: «¡George Jones, se acabó tu tiempo! Le dije a tu mujer que serías puntual», Jones se levantó con sumisión, dio las buenas noches a la compañía y se retiró.
A las diez y media, al asomarse de nuevo la señorita Abbey para decir: «William Williams, Bob Glamour y Jonathan, ya les toca», Williams, Bob y Jonathan, con idéntica mansedumbre, se despidieron y se esfumaron.
Mayor maravilla que estas, cuando un individuo de nariz roma y sombrero vidriado, tras dudar considerablemente, hubo pedido otro vaso de ginebra con agua al pinche de mesero, y cuando la señorita Abbey, en vez de enviárselo, se presentó en persona diciendo: «Capitán Joey, ya ha tomado lo que le hace bien», no solo el capitán se frotó débilmente las rodillas y contempló el fuego sin ofrecer una sola palabra de protesta,