tanta gracia de nuevo que exclamó, riendo: «¡Bueno! ¡Bueno! ¡A fe mía que es extraordinariamente bueno!».
—Ahora, viejo —continuó Fledgeby, una vez que hubo terminado de reír—, vas a comprar estos lotes que marco con mi lápiz; hay una tilde aquí, y una tilde allá, y una tilde más allá; y apuesto dos peniques a que después seguirás exprimiendo a esos cristianos como el judío que eres. Ahora bien, lo siguiente es que querrás un cheque —o dirás que lo quieres, aunque tienes capital suficiente en alguna parte, si uno solo supiera dónde, pero te dejarías pimentar, salar y asar en una parrilla antes de confesarlo—, y ese cheque lo escribiré yo.
Cuando hubo abierto un cajón con llave y sacado de él una llave para abrir otro cajón, en el que había otra llave que abría otro cajón, en el que había otra llave que abría otro cajón, en el que estaba la chequera; y cuando hubo redactado el cheque; y cuando, invirtiendo el proceso de llaves y cajones, hubo vuelto a poner su chequera a buen recaudo, le hizo señas al viejo, con el cheque doblado, para que fuera a buscarlo.
—Viejo —dijo Fledgeby, cuando el judío se lo hubo guardado en la cartera y se la metía en el bolsillo del pecho de su casaca—; por ahora, tanto en cuanto a mis asuntos. Ahora una palabra sobre asuntos que no son exactamente míos. ¿Dónde está ella?
Con la mano aún sin retirar del pecho de su vestidura, Riah se estremeció y se detuvo.
—¡Ajá! —dijo Fledgeby—. ¡No se lo esperaba! ¿Dónde la ha escondido?
Mostrando que lo había tomado por sorpresa, el viejo miró a su amo con cierta confusión pasajera, de la cual el amo disfrutó enormemente.
—¿Está en la casa por la que pago el alquiler y los impuestos en Saint Mary Axe? —exigió Fledgeby.