era una morada permanente, sino una especie de empresa de mudanzas criminal. Las pasiones y vicios más bajos se tachaban regularmente en los libros, se almacenaban en las celdas, se transportaban según la factura adjunta, y apenas dejaban huella en él.
El señor Inspector colocó dos sillas para sus visitantes, ante el fuego, y departió en voz baja con un hermano de su orden (también con aspecto de retirado de media paga y de las Reales Armas), quien, a juzgar únicamente por su ocupación en ese momento, bien podría haber sido un maestro de caligrafía poniendo planas.
Terminada su conferencia, el señor Inspector volvió a la chimenea y, tras comentar que se daría una vuelta por las Hermandades para ver cómo estaban las cosas, salió. No tardó en regresar, diciendo: «No podría ir mejor, porque están cenando con la señorita Abbey en el bar»; y entonces los tres salieron juntos.