—El señor Lammle —dijo, meditabunda, no sin un leve matiz irónico—: El señor Lammle estaría encantado de hacer cualquier cosa que estuviera en sus manos. El señor Lammle, que es él mismo un hombre de negocios además de capitalista. El señor Lammle, acostumbrado a que se le confíen los asuntos más delicados. El señor Lammle, que ha administrado mi pequeña fortuna de manera tan admirable, pero que, desde luego, comenzó a forjarse su reputación con la ventaja de ser un hombre acaudalado, por encima de toda tentación y más allá de toda
El señor Lammle sonrió y hasta le dio una palmada en la cabeza. En su siniestro deleite con el plan, mientras permanecía de pie sobre ella, convirtiéndolo en objeto de sus cavilaciones, parecía tener el doble de nariz en la cara que la que jamás había tenido en su vida.
Él se