pretende? Podré estar equivocada —nada es más probable—, pero el señor George Sampson”, prosiguió la señora Wilfer, agitando majestuosamente sus guantes, “me parece estar sentado en un carruaje de primera clase. El señor George Sampson me parece ir en camino, según su propia admisión, hacia una residencia que puede calificarse de palaciega. El señor George Sampson me parece invitado a participar en la—¿he de decir la?— elevación que ha descendido sobre la familia con la cual él ambiciona, ¿he de decir codearse? ¿De dónde surge, entonces, este tono por parte del señor Sampson?”.
—Es solo, señora —explicó el señor Sampson, en un estado de ánimo sumamente abatido—, porque, en el sentido pecuniario, soy dolorosamente consciente de mi indignidad. Lavinia ahora tiene altas relaciones. ¿Puedo esperar que siga siendo la misma Lavinia de antes? ¿Y no es disculpable que me muestre susceptible, cuando advierto en ella la tendencia a cortarme en seco?
—Si no está satisfecho con su puesto, caballero —observó la señorita Lavinia con mucha cortesía—, podemos dejarle en cualquier esquina que le plazca indicarle al cochero de mi hermana.
—Querida Lavinia —rogó el señor Sampson, patéticamente—, la adoro.
“Pues si no puede hacerlo de un modo más agradable —replicó la joven—, preferiría que no lo hiciera”.
—Yo también —prosiguió el señor Sampson—, la respeto a usted, señora, hasta un punto que bien sé que estará siempre por debajo de sus méritos, pero aun así notablemente alto. Tenga paciencia con un infeliz, Lavinia, tenga paciencia con un infeliz, señora, que siente los nobles sacrificios que usted hace por él, pero que se ve acosado casi hasta la locura —el señor Sampson se dio una palmada en la frente— al pensar en competir con los ricos y los influyentes.