Así, el señor Venus mezcla, y Wegg mezcla; y el señor Venus enciende y echa bocanadas, y Wegg enciende y echa bocanadas.
—¿Y hay aleación incluso en este metal suyo, señor Wegg, según estaba observando?
—Misterio —replica Wegg—. No me gusta, señor Venus. No me gusta que les quiten la vida a los antiguos habitantes de esta casa, en la sombría oscuridad, sin saber quién lo hizo.
—¿Podría tener alguna sospecha, señor Wegg?
—No —replica ese caballero—. Sé quién se beneficia de ello. Pero no tengo sospechas.
Habiendo dicho lo cual, el señor Wegg fuma y mira el fuego con una expresión de Caridad de lo más resuelta; como si hubiera agarrado a esa virtud cardinal por las faldas cuando sentía su doloroso deber de apartarse de él, y la retuviera por la fuerza.
—Asimismo —prosigue Wegg—, tengo observaciones que puedo hacer sobre ciertos puntos y personas; pero no pongo objeciones, señor Venus.
He aquí que una inmensa fortuna cae de las nubes sobre una persona cuyo nombre no mencionaré. He aquí que una asignación semanal, con un determinado peso de carbón, cae de las nubes sobre mí.
¿Cuál de los dos es mejor hombre? No la persona cuyo nombre no mencionaré. Esa es una observación mía, pero no la convierto en objeción.
Yo acepto mi asignación y mi determinado peso de carbón. Él acepta su fortuna. Así es como funciona esto.