Pero hizo una cosa buena. La señora Boffin y yo no teníamos hijos propios, y a veces habíamos deseado tener uno. Pero ahora no. «Podríamos morirnos los dos —dice la señora Boffin—, y otros ojos podrían ver esa mirada de soledad en nuestro hijo». De modo que por la noche, cuando hacía mucho frío, o cuando el viento bramaba, o la lluvia caía pesada, ella se despertaba sollozando y exclamaba agitada: «¿No ves la cara del pobre niño? ¡Oh, dale refugio al pobre niño!», hasta que con los años se fue calmando poco a poco, como tantas cosas.
—Mi querido señor Boffin, todo se desgasta hasta quedar en jirones —dijo Mortimer, con una ligera risa.
—No llegaré al extremo de decir que todo —replicó el señor Boffin, a quien su actitud parecía resultarle desagradable—, porque hay algunas cosas que nunca encontré entre el polvo.
Bien, caballero. Así pues, la señora Boffin y yo nos hacemos cada vez más viejos al servicio del viejo, viviendo y trabajando bastante duro en él, hasta que el viejo es descubierto muerto en su cama. Entonces la señora Boffin y yo sellamos su caja, que siempre estaba sobre la mesa al lado de su cama, y habiendo oído hablar con frecuencia del Temple como un lugar donde se contrata el polvo de abogado, bajo aquí en busca de un abogado que me asesore, y veo a su joven en este mismo piso alto, matando moscas a hachazos en el alféizar de la ventana con su cortaplumas, y le doy un ¡Eh!, no teniendo entonces el placer de conocerle a usted, y por ese medio vengo a ganar este honor.
Entonces usted, y el caballero de la incómoda corbata bajo el pequeño arco del atrio de San Pablo—
—Doctors’ Commons —observó Lightwood.