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nydus/Our Mutual FriendPublic
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XVI. La fiesta de los tres duendes

—¡George! —dijo la señorita Lavvy, con voz sepulcral y de advertencia, calcada de la de su madre—; ¡George Sampson, habla! ¿Qué te dije yo de esos Boffin?

El señor Sampson, al percibir que su frágil embarcación zozobraba entre Bajos y rompientes, consideró más prudente no referirse a ninguna cosa en particular de las que le habían dicho, no fuera a ser que se refiriera a la cosa equivocada. Con admirable pericia marinera, logró llevar su nave a aguas profundas murmurando: «Sí, en efecto».

—¡Sí! Se lo dije a George Sampson, tal como George Sampson te lo dice a ti —dijo la señorita Lavvy—, que esos aborrecibles Boffins le buscarían bronca a Bella tan pronto como se les pasara la novedad. ¿Lo han hecho o no lo han hecho? ¿Tenía razón o no la tenía? Y tú, Bella, ¿qué nos dices ahora de tus Boffins?

—Lavvy y mamá —dijo Bella—; yo de los señores Boffin digo lo que siempre he dicho; y siempre diré de ellos lo que siempre he dicho. Pero nada me inducirá a pelearme con nadie esta noche. Espero que no te duela verme, mamita querida —la besó—; y espero que no te duela verme, Lavvy —la besó también—; y como veo en la mesa la lechuga que mencionó mamá, voy a preparar la ensalada.

Bella, disponiéndose a la tarea de broma, la imponente faz de la señora Wilfer la siguió con ojos fulgurantes, presentando una combinación del antaño popular letrero de la Cabeza del Sarraceno con un mecanismo de relojería holandés, y sugiriendo a una mente imaginativa que, de los ingredientes de la ensalada, su hija haría bien en omitir el vinagre.

Pero ni una sola palabra brotó de los labios de la majestad matronal. Y esto resultaba más aterrador para su esposo (como tal vez ella sabía) que cualquier torrente de elocuencia con el que hubiera podido edificar a la compañía.

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