Como ella misma hacía saber que se llamaba Abigail Potterson, algunas mentes de la ribera, que (como el agua) no eran de lo más claras, albergaron la confusa idea de que, debido a su dignidad y firmeza, debía su nombre a la abadía de Westminster, o guardaba algún parentesco con ella. Pero Abbey no era más que el diminutivo de Abigail, nombre con el que la señorita Potterson había sido bautizada en la iglesia de Limehouse, hacía ya unos sesenta y tantos años.
—Y a ver si te enteras, Riderhood —dijo la señorita Abbey Potterson, señalando con el dedo índice con gran énfasis por encima de la puerta bastarda—, que la Hermandad no te quiere para nada y prefiere con mucho perder de vista tu compañía; pero aunque fueras aquí tan bien recibido como no lo eres, ni aun en ese caso volverías a tomar otra gota de bebida en este sitio esta noche, después de esta pinta de cerveza que tienes delante. Así que aprovéchala al máximo.
—Pero ya sabe, señorita Potterson —esto se sugirió con mucha timidez, eso sí—, si me porto bien, no le quedará más remedio que atenderme, señorita.
“¡Que no! ”, dijo Abbey, con infinita expresividad.
—No, señorita Potterson; porque, ya ve usted, la ley...
—Aquí la ley soy yo, buen hombre —replicó la señorita Abbey—, y bien pronto voy a conv convencérselo de ello, si es que le queda alguna duda.
—Nunca dije que lo dudara en absoluto, señorita Abbey.
—Tanto mejor para ti.
Abbey, la suprema, arrojó las perras chicas del cliente a la caja y, sentándose en su sillón junto al fuego, retomó el periódico que estado