“¿Eh? ¿Su pobre corazón?”, dijo la señorita Wren.
“Su corazón —se le ha entregado, con todo su amor y su verdad. Moriría gozosa con él, o, mejor aún que eso, moriría por él. Sabe que él tiene defectos, pero piensa que han crecido debido a que él es como un náufrago, por falta de algo en qué confiar, a qué tener afecto y de qué pensar bien. Y ella dice, a esa señora rica y hermosa a la que yo nunca podré acercarme: ‘Tan solo ponedme en ese lugar vacío, tan solo probad cuán poco me importo a mí misma, tan solo demostrad qué mundo de cosas haré y soportaré por vos, y espero que podáis incluso llegar a ser mucho mejor de lo que sois, a través de mí, que soy mucho peor y apenas digna de pensarse junto a vos’ ”.
Como el rostro que miraba el fuego se había vuelto exaltado y olvidadizo en el éxtasis de esas palabras, la pequeña criatura, apartándose abiertamente los rubios cabellos con la mano libre, lo había mirado con sincera atención y algo parecido a la alarma. Ahora que el que hablaba callaba, la pequeña criatura volvió a apoyar la cabeza y se lamentó: «¡Ay de mí, ay de mí, ay de mí!».
—¿Sientes dolor, querida Jenny? —preguntó Lizzie, como si despertara.
“Sí, pero no el viejo dolor. Acuéstate, acuéstate conmigo. No te apartes de mi vista esta noche. Echa la llave y quédate muy cerca de mí”.
Luego, apartando el rostro, se dijo en un susurro: «¡Mi Lizzie, mi pobre Lizzie! ¡Oh, mis benditos hijos, volved en las largas, brillantes y oblicuas hileras, y venid por ella, no por mí. Ella necesita ayuda más que yo, ¡mis benditos hijos!».
Había levantado las manos con aquella expresión más noble y elevada, y ahora volvió a girarse, se las rodeó a Lizzie por el cuello y se meció sobre el pecho de esta.