acomodando su obstinada cabeza en su corbata y cuello de camisa, poco más o menos como si estuviera interpretando con una zampoña, en su propio honor, la marcha triunfal: ¡Ved que llega el victorioso Podsnap, tocad las trompetas, atabalear los tambores!
Era un rasgo del carácter del señor Podsnap (y de una forma u otra se verá por lo general que impregna las profundidades y las superficialidades del podsnappismo), el no poder soportar ni el menor indicio de desprecio hacia ningún amigo o conocido suyo.
«¿Cómo se atreve?», parecía decir en tal caso. «¿Qué quiere decir? Yo he dado mi visto bueno a esta persona. Esta persona cuenta con mi certificado. A través de esta persona me ataca a mí, ¡Podsnap el Grande! Y no es que me importe particularmente la dignidad de la persona, sino que me importa de un modo muy particular la de Podsnap».
De ahí que, si alguien en su presencia se hubiera atrevido a dudar de la solvencia de los Lammle, se habría enfadado muchísimo. No es que nadie lo hiciera, pues el diputado Veneering era siempre la máxima autoridad sobre su gran riqueza, y tal vez se lo creyera. Como de hecho bien podía, si así lo elegía, por todo lo que sabía del asunto.
La casa del señor y la señora Lammle en Sackville Street, Piccadilly, era tan solo una residencia provisional. Le había bastado perfectamente, según informaban a sus amigos, al señor Lammle cuando era soltero, pero ya no servía. De modo que siempre estaban buscando residencias palaciegas en las mejores ubicaciones, y siempre estaban a punto de alquilar o comprar una, pero nunca terminaban de cerrar el trato. Con esto se forjaron una pequeña y brillante reputación al margen.