subiendo los escalones cojeando con tanta rapidez que, antes de que el señor Fledgeby pudiera tomar medidas para que no encontrara a nadie en casa, se encontraba cara a cara con él en el despacho.
—Espero que se encuentre bien, caballero —dijo la señorita Wren—. ¿Está el señor Riah?
Fledgeby se habías desplomado en una silla, con la actitud de alguien que espera con cansancio.
—Supongo que no tardará en volver —respondió—; me ha dejado plantado esperando su regreso, de un modo extraño. ¿No le he visto antes?
—Una vez antes... si tuvieras vista —replicó la señorita Wren; la cláusula condicional en voz baja.
—Cuando andaban con unos juegos allá arriba en la parte alta de la casa. Me acuerdo. ¿Cómo está tu amigo?
—Tengo más de un amigo, señor, eso espero —respondió la señorita Wren—. ¿Qué amigo?
—No importa —dijo el señor Fledgeby, cerrando un ojo—, cualquiera de tus amigos, todos tus amigos. ¿Son más o menos tolerables?
Un tanto desconcertada, la señorita Wren esquivó la broma y se sentó en un rincón detrás de la puerta, con la cesta en el regazo.
Al cabo de un rato, rompiendo un largo y paciente silencio, dijo:
—Le ruego me perdone, señor, pero estoy acostumbrada a encontrar al señor Riah a estas horas, y por eso suelo venir a estas horas. Solo quiero comprar mis pobres dos chelines de recortes, si fuera tan amable de vendérmelos, y me iré a trotecito a trabajar.