pareciera estar allí con siniestra intención. No había mascarón de proa que no tuviera la mirada amenazadora de abalanzarse hacia adelante para embestirlos. No había compuerta, ni escala pintada en un poste o muro para mostrar la profundidad del agua, que no pareciera insinuar, como el lobo terriblemente bromista en la cama de la cabaña de la abuela: «¡Eso es para ahogaros, hijitos!». No había barcaza negra y torpe, con su costado agrietado y ampollado cerniéndose sobre ellos, que no pareciera sorber el río con la avidez de tragárselos hacia el fondo. Y todo pregonaba de tal modo los efectos devastadores del agua —cobre descolorido, madera podrida, piedra carcomida, depósito verde y húmedo— que las consecuencias posteriores de ser aplastados, tragados y arrastrados hacia abajo resultaban tan espantosas a la imaginación como el suceso principal.
Tras media hora de esta labor, Riderhood desenganchó los remos, se quedó aferrado a una barcaza y, avanzando mano a mano a lo largo del costado de la misma, fue metiendo gradualmente su bote por la proa de aquella hasta un pequeño rincón secreto de aguas cubiertas de espuma. Y empujado en ese rincón, acuñado tal como lo había descrito, estaba el bote de Gaffer; aquel bote con la mancha aún en su interior, que guardaba cierto parecido con una forma humana envuelta.
“¡Ahora dime que soy un mentiroso!”, dijo el hombre honrado.
(«Con una mórbida expectativa —murmuró Eugene a Lightwood— de que alguien le vaya a decir siempre la verdad»).
—Este es el bote de Hexam —dijo el señor Inspector—. Lo conozco bien.
—Mira el cráneo roto. Mira el otro cráneo que falta. ¡Ahora dime que soy un mentiroso! —dijo el hombre honrado.
El inspector subió a la barca. Eugene y Mortimer observaban.