cálculo presente, aun así no se comprometió mediante admisión alguna a que su nuevo empleo estuviera fuera de lo común ni entrañara el menor elemento de ridículo. El señor Wegg incluso habría buscado una buena pelea con cualquiera que hubiera puesto en duda su profundo conocimiento de los ya mencionados ocho volúmenes de Decadencia y caída. Su gravedad era desacostumbrada, portentosa e inmensa, no porque admitiera la menor duda sobre sí mismo, sino porque consideraba necesario prevenir cualquier duda sobre sí mismo en los demás. Y en esto se alineaba con esa numerosísima clase de impostores que están tan empeñados en mantener las apariencias ante sí mismos como ante sus prójimos.
Una cierta altivez, asimismo, se apoderó del señor Wegg; una condescendiente sensación de ser solicitado como expositor oficial de misterios. No le impulsó a la grandeza comercial, sino más bien a la mezquindad, a tal punto que, si hubiera entrado dentro de lo posible que la medida de madera contuviera menos nueces que de costumbre, lo habría hecho ese día. Pero, cuando llegó la noche, y con sus ojos velados lo contempló cojeando hacia la Morada de Boffin, él también se sintió jubiloso.
La Emparrada era tan difícil de encontrar como la de la bella Rosamunda sin el ovillo. El señor Wegg, tras llegar al barrio indicado, preguntó por la Emparrada media docena de veces sin el menor éxito, hasta que recordó preguntar por la Cárcel de la Harmonía. Esto ocasionó un rápido cambio en el ánimo de un hombre ronco y un burro, a quienes había desconcertado mucho.
—¿Cómo, si quier decir lo del viejo Harmon, eh? —dijo el caballero ronco, que conducía a su burro en un carromato, usando una zanahoria a modo de látigo—. ¿Por qué no lo diría jamás? ¡Eddard y yo vamos a pasar por su casa! Súbase.