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XIII. Siguiendo al ave de presa

Siguiendo el rastro del ave rapaz

Los dos comerciantes de cal, con su escolta, entraron en los dominios de la señorita Abbey Potterson, a quien su escolta (presentándolos a ellos y a su fingido asunto por encima de la media puerta del bar, de manera confidencial) le expuso su petición figurada de que se encendiera «un bocado de fuego» en El Acogedor.

Siempre bien dispuesta a ayudar a las autoridades constituidas, la señorita Abbey ordenó a Bob Gliddery que acompañara a los caballeros a dicho receso y lo animara sin demora con fuego y luz de gas.

De este encargo el barbiazul[nota 1] Bob, abriendo camino con un mechón de papel llameante, se desquitó tan rápidamente que El Acogedor pareció despertar de un sueño oscuro y abrazarlos calurosamente en el momento mismo en que cruzaron los umbrales de su puerta hospitalaria.

—Aquí queman muy bien el jerez —dijo el señor inspector, a modo de noticia local—. ¿Quizá les apetezca a ustedes caballeros una botella?

Siendo la respuesta unánime en todos los sentidos, Bob Gliddery recibió sus instrucciones del señor inspector y partió en un estado de conveniente presteza engendrado por la reverencia hacia la majestad de la ley.

—Es un hecho indudable —dijo el señor inspector—, que este hombre de quien hemos recibido nuestra información —señalando a Riderhood con el pulgar por encima del hombro— ha difamado desde hace algún tiempo al otro hombre a raíz de las barcazas de cal de usted, y que, en consecuencia, el otro hombre ha sido evitado. No digo lo que

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