—¡Válgame Dios! ¿Se está ahogando Ojos Pequeños? —exclamó la señorita Jenny.
Al tirar de la campanilla de nuevo y no obtener respuesta, empujó la puerta exterior y la encontró entornada. Al abrirla del todo sin que se vislumbrara a nadie y al continuar el chisporroteo, se tomó la libertad de abrir una puerta interior, y contempló entonces el extraordinario espectáculo del señor Fledgeby en camisa, unos pantalones turcos y un gorro turco, rodando una y otra vez sobre su propia alfombra y chisporroteando maravillosamente.
“¡Oh, Señor!”, exclamó el señor Fledgeby. “¡Santo Dios! ¡Al ladrón! Me estoy asfixiando. ¡Fuego! ¡Santo Dios! Un vaso de agua. Denme un vaso de agua. Cierren la puerta. ¡Asesinato! ¡Oh, Señor!”
Y a continuación rodó y escupió más que nunca.
Apresurándose a entrar en otra habitación, la señorita Jenny fue por un vaso de agua y se lo trajo para alivio de Fledgeby; quien, jadeando, escupiendo y con ronquidos en la garganta entretanto, bebió un poco de agua y recostó débilmente la cabeza en el brazo de ella.
—¡Ay, mi ojo! —gritó Fledgeby, forcejeando de nuevo—. Es sal y rapé. Se me ha metido en la nariz, y bajado por la garganta, y metido en la tráquea. ¡Uf! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ah... a... a... h! —Y aquí, cacareando temiblemente, con los ojos saliéndosele de las órbitas, parecía estar luchando contra todas las enfermedades mortales propias de las aves de corral.
“¡Ay, madre mía, qué dolor! ¡Me duele muchísimo!”, exclamó Fledgeby, dando un salto hacia atrás con un movimiento espasmódico que hizo que la modista retrocediera hasta la pared. > “¡Ay, qué ardor! Ponme algo en la espalda, en los brazos, en las piernas y en los hombros. ¡Uf! ¡Otra vez